Cameron Russell

Cameron Russell quería ser presidenta de EE UU. Desde pequeña había informado a su familia de esa particular ambición. En clase la habían escogido delegada y ella estaba convencida de estar realizando un trabajo de organización impecable. Todo iba según lo planeado. Un día se anunció que Bill Clinton se acercaría a Cambridge, la ciudad en la que la hoy modelo nació y creció, para dar un discurso en el prestigioso MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts).

Cameron, que entonces contaba ocho años, informó a su madre de que debía conocer al presidente. Era vital para su carrera. Mediante unos amigos de la familia que trabajaban en la campaña de Clinton, la niña tuvo su audiencia con el hombre más poderoso del mundo. “Me dijo que acabara el colegio y que conociera a gente de distintos ámbitos. Bueno, gente curiosa sí he conocido, y lo de la escuela me llevó dos años más de lo normal, pero la terminé y hoy estoy en la universidad (estudia Economía y Política en Columbia)”, recuerda la modelo por teléfono desde Nueva York. “La culpa de que ya no vaya a ser presidenta del país es de la moda. Yo solo quería dedicarme a esto un par de semanas, sacar algo de dinero para los estudios…”.

Fueron también amigos de su madre quienes un día, cuando Cameron tenía 16 años, sugirieron que la chica se presentara a una prueba para entrar en la prestigiosa agencia de modelos Ford. Tenían contactos. “Cuando llegué a las oficinas de la agencia iba vestida con unos jeans y una camiseta de chico. Era la única ropa que me quedaba bien. Miré alrededor y me fijé en las demás chicas. Yo era, con diferencia, la peor. Pero me cogieron”, recuerda Russell, quien hasta entonces había desarrollado un nulo interés por la moda. Ella aún quería ser presidenta de EE UU. Pero pronto destacó, gracias a una especial fotogenia y a lo que hoy algunos aún recuerdan como una forma personal de desfilar. “Si supieran…”, ríe Russell. “No me había puesto unos zapatos de tacón en mi vida. Y no desfilaba, trataba de no caerme. Lo peor es que… ¡Les gustaba lo que hacía! Empecé a escuchar a gente decir que les encantaba mi estilo. Ahí vi que este trabajo es como ganar la lotería”. Superados los problemas iniciales de coordinación -Cameron aún estaba creciendo, hoy mide tres centímetros más que cuando la fichó Ford-, la modelo descartó definitivamente otros trabajos alimenticios para sufragar sus estudios. Se iba a pagar la carrera siendo fotografiada por Nick Knight o Steven Meisel, apareciendo en portadas de Vogue alrededor del mundo, desfilando para Chanel, Prada o Marc Jacobs y realizando campañas para Yves Saint Lauren o Armani. “Dicho así, suena raro… pero genial”, interviene la modelo entre otro torrente de carcajadas.

Fuente: El País semanal

 

 

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